lunes, 7 de enero de 2013

SENDEROS DE AGUA (Romance endecasílabo al Canal de Castilla)


Esclusas del Canal de Castilla (s XVIII) (Frómista) 
Foto tomada del Blog: http://elcaminodesantiago21.blogspot.com.es/2012/06/etapa-10-castrojeriz-villalcazar-de.html

Es del viajero pretensión inútil
atrapar con sus ojos cada estrella,
y del poeta convicción perenne
hacer de sus recuerdos un poema.

Consciente de ese albur, pero viajero,
regreso hasta esa infancia de quimeras,
donde el mundo a mis pies era la calle
y el Canal de Castilla era mi escuela.

Aquí vuelve a soñar el ser que habito,
el niño que me incumple y que me increpa,
el que no ha de crecer mientras yo viva,
el que agranda mi alma o me la niega.

Así me vierto aquí, desnudo y libre,
como aquel agua que en mi infancia fuera
quien me enseñó a nadar y a hacerme hombre,
y a quien vengo a nombrar con voz serena.

Sobre la piel más árida y más noble,
donde España se excusa por austera,
fluye un agua calígrafa y tranquila
que rotula a Castilla con su i griega.

Azul discreto en labio pudoroso,
deseo confesable de quien besa
y humedece la sed, sin sobresaltos, 
del alma mineral de la Meseta.

Genética de un Duero biempensante,
de un Arlanzón, de un Tormes, de un Eresma,
de un Órbigo, de un Esla, de un Adaja,
de un Tera, de un Carrión y de un Pisuerga.

Un agua que no es río, ni es laguna,
ni es manantial, ni arroyo, ni rivera,
es del Canal que lleva en apellido
el nombre de Castilla con grandeza.   

Moría el dieciocho como siglo
y estaba el diecinueve ahí, a la vuelta,
cuando accedió a enmendar la progresía
el secular retraso de esta tierra.
  
Fue el cuño del Marqués de la Ensenada
quien a su majestad puso en alerta
del sumo mal estado de caminos
reales, trochas, vados y veredas.

Ancladas en el más triste abandono
las rutas no eran rutas, polvo apenas,
nulos senderos de cascajo y grima,
mar de barro para hombres y carretas.

Por este ruin desprecio soberano
no hallaban en Castilla la manera
de arribar a buen puerto las reatas
de su eclosión de grano y ardua brega. 

Y quiso el Rey Fernando Sexto entonces
-Borbón  justo y prudente- que se viera
el modo de acarrear sobre canales
barcazas con cereal de esta despensa.

Dispuso así el Marqués que Don Antonio
de Ulloa en tal proyecto se embebiera,
y viajando la Europa de amplio ingenio
tomara de sus logros buena muestra.

Tras empaparse Ulloa de ilustradas
y novedosas aguas europeas
atrajo hasta su haber la ingeniería
de Carlos Lemaur para esta empresa.

Y Carlos Lemaur se aupó al proyecto
de dar forma y medida y hacer cierta
la idea de un canal que –navegable-
portara mercancías por doquiera.

La dilación del agua tomó curso
y se hizo tiempo el tiempo, y en la espera
pasaron años de silencio y miedo,
disensiones políticas y aun guerras.

Llegaron otros reyes, otros hombres,
otras mentes -al cabo- y otras fuerzas
que heredaron de aquellos precursores
su ansias, su ilusión y su destreza.
  
Y en gracia de su espíritu ilustrado,
azadas, picos, palas y piquetas
en manos de hombres reos de justicia
excavaron justicia a manos llenas.

Y al cabo de un sinfín de menoscabos,
de esclusas, vados, puentes y represas,
nació un Canal al cielo navegable
allá por mil ochocientos cincuenta.

Casi cien años para abrirle el mundo
a un agua encinta, que era vida y senda
donde pariera el sueño de Castilla
a un mar permeable de salada puerta.

De un molino, un batán y una casilla
brotó la historia que en Alar serpea
e hizo grande un Canal que se amamanta
de los acuosos pechos del Pisuerga.

Le fue a Felipe Cuarto dado el gusto
de hacer Villa en Alar, como heredera
de Rey, de quien detenta su apellido
con sueños de agua, su mayor riqueza.

Así naciera Alar, azul y verde,
ocre, rosa, carmín, blanca y magenta,
hasta que enamoró al ferrocarril,
que al quererla besar, la tiznó negra.

En honor de San Luis, Alar se inunda
del abrazo cuantioso de la fiesta,
y el adusto mirar de Peña Amaya
que a escondidas sonríe y lo celebra.

Alar sabe a silencio si se escucha
el canto pertinaz de su agua fresca,
el vértigo palear de sus piraguas,
y el cielo en la ebriedad de sus choperas.

De aquí parte hacia el Sur su ramal Norte,
hacia Ribas de Campos, donde entrega
por agua una reata de milagros
que -divina o profana- nos eleva.
  
Atrás quedan Barrio de San Vicente,
San Quirce al cabo y, más lejano, Herrera
quien encumbra el cangrejo a los altares
y comulga en las formas de su huerta. 

Le saludan al paso y con afecto
los hijos naturales del Pisuerga,
son Ventosa y Castrillo y hasta Olmos
porque ya San Llorente es de la Vega.

Al sesgo de Melgar, Osorno emerge
del cruce impío de sus carreteras
y purga con orgullo este pecado 
con la Virgen de Ronte de romera.

Santillana de Campos, Las Cabañas,
Lantadilla y, de paso por Requena,
llega a Frómista exhausto y hace noche
aunando Fé y Razón en duermevela.

Cuando Doña Mayor en el siglo once
vistiera de románica la piedra
ya intuía enclavar en San Martín
el cénit en que Frómista se inmensa.

De Boadilla hasta Piña medra en Campos
todo altivo, camino de Amayuelas,
hasta hendirse en Amusco, que San Pedro
le acobarda con su inusual silueta.

Desde aquí avista Ribas, templa Husillos,
y a Grijota medroso se encomienda,
porque intuye el Serrón donde –indolora-
su humildad se bifurca y se desmiembra.

Es ahora el Carrión quien le hace hombre,
quien le acoge, le abraza, le alimenta,
quien le adopta en sus aguas como hijo
y a una doble emoción le abre las puertas.

Ya convertido en dos –gloria y pecado-
vierte en Campos y en Sur su húmeda siembra
desnortado en las ingles generosas
del sexo cereal de nuestra tierra.

Hacia Campos se va, porque conoce
el destino y la gloria que le esperan,
a costa de enjugar su caudal lírico
con la épica errante de su estela.

Y enfila Becerril, sigue a Paredes,
donde entre Coplas su ebriedad modera
en versos de Manrique, quien le aduce
que hasta el agua es la muerte hecha poema.

Tras paleta y cincel de Berruguetes
vira hacia Fuentes y a su Nava extensa,
en pos de Autillo, Abarca y Castromocho,
rumbo a Capillas y a Castil de Vela.

Aquí el silencio es música en las aves
que moran, o que migran, o regresan
al iris de un paisaje que se escribe
con pluma de avutarda o de cigüeña.

Y apunta a Tamariz, trepa a Belmonte
y a su castillo, que ahora es torre apenas,
para rendirse –humano- al soliloquio
del universo mudo de la piedra.

Se va extinguiendo así el Ramal de Campos
-siempre ha de terminar lo que comienza-
y antes de hacerse viejo en Rioseco
cruza en meloso guiño Villanueva.

Medina de Rioseco le recibe
en dársena de abrigo, y a sabiendas
de que el agua que abraza su pasado
es hoy parte esencial de su riqueza. 

Orgullo de ser cuna de almirantes
en plena tierra adentro, donde avienta
un mar de paradoja y soportales
que por Semana Santa calla y reza.

Iglesias en Rioseco para el alma,
para el cuerpo el solaz de sus tabernas,
y el Antonio de Ulloa para el sueño
de un surco de emoción que se navega.
  
Torna cauto al Serrón, porque allí parte
el Sur de otro Ramal hacia otra senda;
senda de agua y de luz -verdes caminos-
donde ensayara Dios la paz eterna.

Y se asoma a Palencia, a quien redime
y hace santa su Otero, con la atenta
bendición de ese Cristo acostumbrado
a la espera impasible de la espera.

Su hermosa catedral le instiga al verso
por tan desconocida como bella,
y al albur de la cripta rima en agua
un poema de amor, letra por letra.

Sigue a Villamuriel hecho Cerrato,
y un paso más allá se explaya en Dueñas,
que en alma de botijo le hace suyo
al amparo de su Virgen de Onecha.

Cubillas y Trigueros le dan vino 
y en Corcos y Cigales se lo niegan,
porque no llegue beodo a Cabezón
o hasta Valladolid, donde le esperan.

Apenas de un respingo en Fuensaldaña
moja Valladolid, justo a las puertas,
para hermanarse al curso de la historia
y, a sus gentes de bien, rendirle cuentas.

Valladolid al fin, madre y madrastra,
inquisidora, cortesana y terca,
desprendida, plural, hermosa y culta,
convicta de su ser, de amor confesa.

Nacida del tesón de Pedro Ansúrez,
nombrada Val de Olid, Pincia o Pucela,
se sabe conformar donde la ubiquen
las brumas del Pisuerga y del Esgueva.

El Palacio Real para ser Corte,
frente al de Pimentel para ser bella,
y la Antigua, San Pablo y Catedral
donde rezan con mímica las piedras 
  
Valladolid dormita en Campo Grande,
en la Plaza Mayor se despereza,
en la Calle Santiago viste y calza,
y en Pasaje Gutiérrez se desvela.

Aquí se irisa el agua y se remansa,
se hace muerte buscada e incruenta,
se despoja del cieno de la vida,
y se dispone a un sueño de agua etérea

Kilómetros de historia en agua dulce
que por doscientos siete se concretan
en dársenas, esclusas, acueductos,
almenaras, ramales y compuertas.

Toda una muestra del agudo ingenio,
del ilustrado empeño que tuvieran
esa ecuación de ilustres ingenieros 
que hicieron de sus cálculos leyenda.

Soñaron hacer agua navegable
esta tierra orgullosa de ser tierra,
y en su esfuerzo tenaz lo consiguieron
dando vida a su efímera quimera.

El Canal de Castilla es a Castilla
esa espina dorsal que nos vertebra,
que nos sabe inventar de agricultores,
artesanos, ilusos y poetas.

Y aunque el ferrocarril quebró su impronta
con agua espuria de acero y traviesas,
aún percibe el aliento en sus entrañas
que el alma de nuestra alma le profesa.

Un edén para el ocio y la mesura,
para el paseo, la abstracción, la pesca, 
para la mente, el alma, para el cuerpo:
un tiempo vivo de naturaleza.

Todo esto es el Canal de ilustre sueño,
todo esto y mucho más; pero que sepan
que nadie va a sabérselo contar
como sus propios ojos se lo cuentan.

Santiago Redondo Vega 2012

2 comentarios:

Pilar Fernández dijo...

Precioso e impecable poema; pluma experta la tuya.
Hermosos recuerdos, un Edén tú lo has dicho, para el alma.
Un abrazo


Santiago Redondo Vega dijo...

Muchas gracias Pilar, por tu paso y por tus palabras. Hay edificios, construcciones, monumentos a la ingeniería que, a fuerza de verlos ahí día tras día, nos dejan de impresionar y se nos hacen cotidianos. Eso no debería de quitarle el valor que atesoran, por la idea, la intención y los medios en que se construyeron, pero lo hacen. Aún así no dejan de tener una importancia enorme, como el Canal de Castilla.
Un abrazo.